TU VALOR ESTÁ DENTRO DE TI

Un profesor de universidad comenzó un día su clase con un billete de 500 euros en la mano.

Se lo enseñó a los estudiantes y les preguntó:

– “¿Quién quiere este billete de 500€?”

Como era de esperar, salieron muchos voluntarios. El profesor entonces arrugó el billete, como si fuera un papel para tirar y preguntó:

 “¿Todavía lo queréis?”

– “¡Siiiii!”dijeron los alumnos.

El profesor entonces tiró el billete al suelo y empezó a pisotearlo. Lo cogió después del suelo, aplastado y sucio.

-“Ahora, ¿quién de vosotros todavía lo quiere? Otra vez casi todos los estudiantes dijeron que sí“ Bien, pues seguidme . Salió del edificio seguido de sus alumnos, cogió el billete y lo tiró a un charco lleno de barro y hojas secas, pisándolo para que se hundiera en el lodo.

“¿Alguien de vosotros lo querría todavía?” preguntó. Y los estudiantes volvieron a decir que sí.

Entonces el profesor dijo:

“Queridos alumnos. Como habéis visto, he tirado el billete al suelo, lo he arrugado, lo he pisoteado, lo he metido dentro del barro más sucio y a pesar de ello, todavía lo queréis. ¿Por qué? porque todavía no ha perdido su valor. Sigue valiendo 500 €.

tu valor está en ti (1)A veces pasamos por situaciones en las que nos sentimos apartados o  pisoteados. Nos topamos con personas que nos hacen pasar por situaciones duras y podemos llegar a sentir que no tenemos valor. Pase lo que pase, piensa que tu valor lo determinan tus acciones y ese valor está dentro de ti.

Todas las personas que pasen por tu vida te aportarán algo: las que se porten bien contigo, te aportarán satisfacción, felicidad y buenos momentos y las que se porten mal te aportarán aprendizaje. Pasarás por momentos duros, pero para salir de ellos desarrollarás una serie de habilidades que formarán parte de ti y que más adelante podrás utilizar en diversas situaciones. Recuerda: pase lo que pase en tu vida, si aprendes de las experiencias vividas, tu valor cada vez será mayor, aunque haya momentos en que no lo veas así.

 

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Objetivos logrados por algunos de los clientes de SLC Coaching

Muy orgullosos de mostraros los objetivos que han logrado algunos de los clientes de coaching personal este año 2016. Nosotros ponemos las herramientas, ellos la ilusión y las ganas de conseguirlo.

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¡El último hueco es para ti!

Tú también puedes alcanzar lo que te propongas, nosotros te ayudamos a sacar todo tu potencial, a que tomes conciencia de tus recursos y a que te fijes objetivos alcanzables. ¡Si empiezas ahora en marzo puedes tenerlo conseguido!

Piensa en qué ámbito o ámbitos te gustaría tener una situación diferente ala que tienes actualmente.rueda-de-la-vida

Conócete mejor a ti mismo, descubre otros enfoques, genera nuevas y mejores opciones y alcanza tus metas.

Queremos dar las gracias a todos los clientes que han confiado en nosotros para que les acompañemos en su desarrollo personal y que nos han recomendado tras ver los resultados.

¡Muchas gracias por darnos la oportunidad de formar parte de vuestro camino!

3 CLAVES PARA MOTIVARTE

Empezaremos este post con una pregunta: ¿Qué tienen en común las personas exitosas? No hablamos únicamente de las personas que han logrado grandes cosas, también nos referimos a las personas que disfrutan con lo que hacen y son felices con su vida.

Pero… ¿qué es para ti el éxito? Hay tantas respuestas como personas en el mundo. Aunque esta vez nos fijaremos en un aspecto concreto: la motivación. ¿Crees que las personas exitosas sienten motivación por lo que hacen? Probablemente sí.

A continuación te explicamos tres pasos que te ayudarán a motivarte y te acercarán a lo que para ti es el éxito.

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  1. PONTE OBJETIVOS. Para ello hay que diferenciar entre sueños y objetivos. Responderías lo mismo ante esta pregunta: ¿qué sueño te gustaría alcanzar en tu vida? y esta otra: ¿qué objetivo vas a realizar en tu vida? Te invitamos a que reflexiones sobre tu sueño y pienses cuál es tu nivel de motivación para conseguirlo. Teniendo en cuenta que por ejemplo un nivel 10 supondría estar dispuesto a hacer todo lo necesario para lograrlo. Cuando convertimos nuestro sueño en objetivo aumenta nuestro nivel de motivación.
  1. PERSERVERA. El resultado de nuestras acciones no siempre es el esperado. En ese caso, podemos darnos por vencidos y “tirar la toalla”, o podemos aprender de nuestros errores y seguir intentándolo hasta conseguir el resultado deseado o el objetivo marcado. Piensa qué harás diferente la próxima vez, en lugar de castigarte por haberte equivocado. Busca la motivación necesaria para intentarlo de nuevo.
  1. BUSCA INSPIRACIÓN. La motivación no es algo permanente, ni tampoco viene sola. Hay que buscarla de forma consciente. Intenta dar lo mejor de ti mismo en aquello que haces, aunque no sea tu objetivo final. De este modo estarás abierto al aprendizaje y será más fácil encontrar la inspiración. Si permaneces frustrado por no encontrarte en la situación que te gustaría estar, te cierras a los posibles cambios. Así que, busca la motivación en tus actos del día a día, ponte pequeñas metas y ten presente tu objetivo final.

Los que renuncian son muchos más que los que fracasan” Henry Ford

Si te ha gustado este artículo y quieres conocer más herramientas que te ayuden a fijarte objetivos, lograr tus metas, motivarte, pensar en positivo, etc. Te invitamos a descubrir el coaching y los beneficios de un proceso de coaching. Visita nuestra web: http://www.slccoaching.com/

PARA ALCANZAR TU OBJETIVO, EMPIEZA POR DEFINIRLO

Seguramente a lo largo de tu vida has tenido y sigues teniendo un sinfín de propósitos, objetivos, metas y deseos. Algunos de ellos, los habrás logrado, otros quizá los has desechado y otros simplemente están pendientes. La buena noticia es que todavía estás a tiempo de conseguir aquello que te propongas, únicamente necesitas ganas de lograrlo y una buena planificación.objetivo

Para empezar a fijar tu objetivo, lo primero es definirlo. Este paso es el más importante, no podemos avanzar si nuestro objetivo no cumple los siguientes requisitos:

  1. Specific – Específico. Se trata de concretar el objetivo, qué, cómo, cuándo, con quién… Objetivo: quiero adelgazar | Objetivo específico: quiero adelgazar 3 kg haciendo dieta y ejercicio físico durante 3 meses.
  1. Mesurable – Medible. “Lo que no se mide no se mejora”. Preguntas a las que debes responder para saber si tu objetivo es medible:
  • ¿Cómo sabrás que lo has alcanzado?
  • ¿Cómo sabrás si estás en camino?
  • ¿Cómo vas a medir tu éxito?
  1. Achievable – Alcanzable. Aquí se trata de definir lo que estás dispuesto a hacer para lograrlo, a qué renunciarás para conseguirlo, a quiénes afecta tu objetivo y qué impacto tendrá para ti el lograrlo. 
  1. Realistic – Realista. Si los objetivos que nos fijamos son poco realistas, nos pueden llevar a la frustración. Por ejemplo, si pienso quiero adelgazar 10 kg en una semana o quiero que me toque la lotería, son objetivos casi imposibles de lograr, o que en ocasiones no dependen de nosotros, lo cual puede desmotivarnos.
  1. Time – Temporal. ¿Cuándo quieres alcanzar tu objetivo? Fijar un plazo, te permitirá ir trabajando en tu objetivo con un inicio y un fin. Si no cerramos el objetivo, éste se vuelve eterno y se convierte en una preocupación.

En coaching, la definición del objetivo es uno de los aspectos clave para lograrlo. Si quieres recibir más información síguenos o infórmate en nuestra página web: http://www.slccoaching.com/

INGREDIENTE PRINCIPAL PARA EL PENSAMIENTO POSITIVO

Mantenemos conversaciones con nosotros mismos a lo largo del día y no siempre el lenguaje que utilizamos es el adecuado. Debemos hablarnos en un lenguaje positivo, y como hemos visto en anteriores posts, si pensamos en negativo ¡hay que darle la vuelta! Pero… no siempre es fácil. Pensar en positivo es algo que requiere paciencia y perseverancia.

¡Vamos más allá! Busquemos un estado de flujo positivo. ¿Cómo? Marcando pequeñas sub-metas. Imaginaos que tengo un objetivo claro, como por ejemplo: montar mi negocio, pero sé que para lograrlo necesito ahorrar dinero, hacer un plan de negocio, especializarme, conseguir contactos y un largo etcétera. Este objetivo es a largo plazo, y mientras… ¿Qué hago? ¿Cómo puedo motivarme?

TRAZA TU PLAN. Busca actividades que te mantengan motivado, cosas que te guste hacer, pequeños objetivos en tu trabajo, en tu desarrollo personal, en tu tiempo libre, con tu familia… No renuncies a tu estado interno de alegría, entusiasmo y felicidad, por el simple hecho de no disponer de lo que quieres de forma inmediata. Busca aquellas cosas que te aporten ese ESTADO DE FLUJO continuo.Ingrediente secreto autoindulgencia

De esta forma, conseguirás entrenar a tu cerebro proporcionando pensamientos positivos y creando nuevas conexiones neuronales, propiciando el proceso de cambio y adquiriendo una sensación de control sobre tu vida.

El coaching te ayuda a trazar esas metas y a lograr tus objetivos. Infórmate sobre los beneficios de realizar un proceso de coaching http://www.slccoaching.com/.

¿CUÁNDO FUE LA ÚLTIMA VEZ QUE HICISTE ALGO POR PRIMERA VEZ?

Zona_confort

Hoy es un día de esos que me da por reflexionar. Creo que todos tenemos de esos días, es una lástima que no compartamos siempre esas reflexiones internas… En fin, hoy me he hecho esta pregunta: ¿Cuándo fue la última vez que hice algo por primera vez? Después de hacer un repaso mental de mis últimos 12 meses, me he dado cuenta de que necesito algo nuevo… Necesito salir de mi zona de confort.

Habrás oído hablar en numerosas ocasiones de nuestra zona de confort, es ese lugar en el que nos sentimos como en casa, todo es conocido para nosotros y nos da seguridad. Puede que ya estés bien en ese lugar y no sientas la necesidad de experimentar cosas nuevas, de aumentar tu aprendizaje y de ampliar esa zona de confort. ¡No es mi caso! Si eres inconformista y lo que quieres es un cambio, te propongo un primer ejercicio que te ayudará a tomar la decisión.

Analiza tu situación actual. Con esto me refiero a reflexionar sobre tu estado actual en todos los ámbitos de tu vida: familia, amigos, salud, ocio, desarrollo personal, pareja, etc. Para un mayor análisis, piensa cuál es tu nivel de satisfacción en cada uno de ellos. Ponle una puntuación del 0-10, siendo 0 nada satisfecho y 10 totalmente satisfecho. Una vez hecho este análisis, ¿Por cuál quieres empezar? No necesariamente tenemos que empezar por el que tiene la puntuación más baja, piensa por cuál te apetece más.

Esta primera reflexión te ayudará a tomar conciencia de tu situación actual en todo los aspectos de tu vida, y a decidir en qué ámbito deseas se produzca un cambio.

No es una invención, es coaching: es un proceso para pasar de tu “estado actual” a tu “estado deseado”.

Tania Ruiz

 

Rechazar lo desconocido

En la antigüedad, a partir del siglo VI antes de Cristo, el paradigma científico estaba protagonizado por la teoría geocéntrica. Es decir, por la creencia de que el Sol y el resto de planetas giraban alrededor de la Tierra. Y, en consecuencia, la Tierra era el centro del universo. Nadie cuestionaba ni ponía en duda esta forma de pensar. Tanto es así que todas las hipótesis acerca del universo se desarrollaban a partir de estos supuestos. Con el tiempo, los más eminentes pensadores y científicos –liderados por los filósofos Platón y Aristóteles– llegaron al convencimiento de que se trataba de una verdad inmutable.

Años más tarde, Aristarco de Samos se atrevió a cuestionar el statu quo científico de la época, formulando la teoría heliocéntrica. Este sabio afirmaba que el Sol era el centro del universo y que la Tierra y el resto de planetas giraban a su alrededor. Por aquel entonces, la mayoría de sus colegas se burlaron y se opusieron a su hipótesis, que fue severamente criticada y condenada. No en vano, dar crédito a esta nueva teoría suponía asumir que ellos estaban equivocados.

Con el paso de los siglos aparecieron otros pensadores con nuevas maneras de mirar e interpretar el universo. Entre ellos destacó Nicolás Copérnico, quien retomó el relevo de Aristarco de Samos, asegurando que la Tierra giraba sobre sí misma una vez al día, y que una vez al año daba una vuelta completa alrededor del Sol. Dado que Copérnico contaba con elaborados cálculos matemáticos que sustentaban su hipótesis, en esta ocasión la teoría heliocéntrica fue acogida con menos escepticismo.

Cien años más tarde, y gracias a los avances tecnológicos, las hipótesis de Copérnico fueron demostradas por Galileo Galilei. Con la ayuda del telescopio –instrumento que él mismo inventó–, se desmontó la falsedad inherente a la teoría geocéntrica, consagrando así la veracidad de la heliocéntrica, descrita casi dieciocho siglos atrás por Aristarco de Samos. Así fue como se produjo uno de los más importantes cambios de paradigma que ha experimentado la humanidad.

Evidentemente no todos los locos son visionarios. Sea como fuere, este colectivo de genios está compuesto por personajes tan ilustres como Leonardo da Vinci, Nostradamus, Louis Pasteur, Julio Verne, Thomas Alva Edison, Nikola Tesla, Aldous Huxley, George Orwell, Arthur C. Clarke, Ray Bradbury y Steve Jobs, entre otros. Todos ellos tienen siete características en común.

1. Desafían el ‘statu quo’. Al investigar la historia que hay detrás de cada visionario, descubrimos que todos ellos padecen en algún momento una profunda crisis que les lleva a romper con la ancha avenida por la que transitan el resto de sus coetáneos, explorando sendas nuevas y alternativas. Para lograrlo, empiezan a cuestionar el núcleo de su identidad y el sistema de creencias con el que fueron condicionados por su entorno social y familiar. Así es como se convierten en una amenaza para el orden establecido.

2. Inadaptados y excéntricos. No encajan con el patrón que impera en la sociedad. De ahí que tiendan a rechazar el modo de vida que les propone su tiempo. Y al hacerlo atraviesan una etapa en la que se sienten excluidos y marginados. La soledad y la incomprensión son el precio que pagan al principio por atreverse a escuchar a su intuición y seguir su propio camino. En ocasiones, para reafirmarse ante los demás, suelen adoptar actitudes bizarras y conductas excéntricas, provocando que se les tache de “raros” y “locos”.

3. Rebeldes e inconformistas. Al ganar en confianza y seguridad en sí mismos, se sienten con más determinación para rebelarse frente a las autoridades y los sinsentidos de su época. A todos ellos les causa cierto deleite transgredir las normas y romper los límites. No se resignan a vivir como se estila hoy, sino que lo hacen como se hará mañana.

4. Libres de pensamiento. Son personas que han construido un pensamiento propio e independiente, forjado por medio de experiencias. Tienen una mente abierta, libre de moral y de prejuicios. Suelen llevar un estilo de vida muy poco convencional que frecuentemente causa controversia en su entorno.

5. Idealistas y soñadores. Son personas adelantadas a su tiempo. Tanto es así que lo que un visionario piensa hoy es lo que asumirá la humanidad dentro de 50 años. Sin embargo, su exacerbado progresismo les lleva a ser personas orientadas hacia el futuro, con tendencia a abrazar quimeras y utopías.

6. Creativos e inventivos. La creatividad es su seña de identidad. Son inventores natos, cada uno en su campo. Muchas de sus ideas acaban dando lugar a innovaciones que significan un punto de disrupción con las propuestas actuales, que de pronto quedan obsoletas.

7. Revolucionarios orientados al bien común. Tremendamente humanistas, los visionarios terminan por convertirse en grandes reformadores, cuyo enfoque inspira un cambio de paradigma en la sociedad. En el momento en que la mayoría verifica la validez de sus ideas, empiezan a destruirse y transformarse las estructuras establecidas, generando una nueva realidad.

Todos los adelantos evolutivos señalados por este colectivo de locos-visionarios están sujetos a la denominada “ley de difusión de innovaciones”, popularizada en 1962 por Everett Rogers. Este sociólogo dedicó su vida a investigar el proceso por el cual los individuos que forman parte de un colectivo comparten y asimilan nuevas ideas y tecnologías que permiten el progreso de la humanidad. Según esta teoría, la población de cualquier país se divide en cinco segmentos, en función de su predisposición para adaptarse a los constantes cambios y avances relacionados con nuevos conocimientos y formas de hacer las cosas.

En la medida en que el nuevo producto, servicio o conocimiento genera una sustancial mejora en la calidad de vida de sus usuarios, poco a poco va comunicándose por medio del boca a boca. Según Rogers, con el tiempo empieza a ser utilizado por la denominada “mayoría precoz”, formada por el 34% de la población. Es decir, aquellos que al conocer directa o indirectamente a uno de los primeros seguidores han podido verificar que se trata de algo útil y beneficioso, decidiendo incorporar esta novedad en sus vidas.

Es entonces cuando dicha innovación se pone de moda, generando que empiece a ser empleada por la “mayoría tardía”, constituida por otro 34%. En este caso, utilizan dicho avance cuando ya no se considera una “innovación” ni tampoco se percibe como una “novedad”. Por último se encuentran los ­“rezagados”, un grupo compuesto por el 16% restante, quienes empiezan a emplear las ­nuevas ideas, herramientas o tecnologías cuando el resto del mundo lo hace y no les queda más remedio.

Por más que la tendencia general sea ridiculizar o rechazar lo diferente, lo alternativo y lo desconocido, es imposible detener el avance y el progreso de la humanidad. Como individuos, podemos quedarnos estancados en lo viejo o abrir nuestra mente y explorar las innovaciones que trae consigo lo nuevo. Y es que la locura –la de verdad– consiste en seguir haciendo lo mismo que hemos venido haciendo hasta ahora esperando cosechar resultados diferentes.

 

ARTÍCULO DE ‘EL PAÍS SEMANAL’

Miedo a no ser “normales”

Ya era la tercera vez que le ocurría. Por la mañana, mientras se maquillaba frente al espejo, por unos momentos, se veía a sí misma desde el techo. Como si su alma, su espíritu, su conciencia, algo de ella, hubiera salido de su cuerpo y se hubiera colocado por encima. Desde allí, observaba a esa chica pintándose los labios. Esa chica que era ella misma. Marta no había consumido ningún tipo de droga, ni medicamento, no sabía a qué achacar esta fantasmagórica flotación. Encerró esos episodios bajo llave. Tenía miedo a que la tomaran por loca.

Pedro vivía angustiado creyendo que, en el fondo, era un asesino potencial. No entendía cómo esos macabros pensamientos cruzaban por su mente. Seguro que no era normal. El peso de la vergüenza le comprimía el alma. Nunca se aligeró confesándoselo a alguien.

Cristina también tenía un íntimo y absurdo secreto sellado en su cabeza. Desde que era niña escondía una pequeña cajita de latón repleta de las uñas que se iba cortando. Era como un tesoro. No sabía por qué tenía la necesidad de esa retorcida colección orgánica.

La pregunta a la que más nos enfrentamos los psicólogos es: “¿Soy normal?”. Suele ir precedida de una detallada descripción de algún comportamiento, sentimiento o sensación que a la persona se le antoja extrañísima. Relatos que suelen ir seguidos de un: “Esto solo me pasa a mí”.

No somos tan originales, lo más extravagante que podamos sentir, la idea más loca que tengamos, el comportamiento más rocambolesco no suelen ser propiedad exclusiva. Por temor a parecer anormales lo ocultamos. Somos una manada de manías, obsesiones y rarezas disfrazadas bajo un traje tallado por el patrón social. Nunca sabremos que eso que no confesamos quizá también lo vive la persona que está tomando café en la mesa al lado de la nuestra.

Por eso, cuando en un grupo se establece un clima de intimidad que favorece las confesiones, se respira aire de alivio. Las supuestas anormalidades enterradas bajo capas de culpa y vergüenza se vuelven normales.

¿Soy normal? A esta pregunta tan sencilla y tan compleja a la vez se puede responder de varias maneras. La primera, bajo el paraguas de la estadística. En el caso de que haya estudios científicos, los terapeutas podemos dar una respuesta del tipo: “Pues esto que te sucede le pasa al 50%, al 70% o al 90% de las personas”.

Y eso ¿adónde nos lleva? ¡A ninguna parte! Un bajo porcentaje estadístico no apunta a la patología. Por ejemplo, existen personas que al escuchar letras o números, ven colores, o que cuando escuchan palabras les vienen diferentes sabores a la boca (saborean las palabras). Son los sinestésicos. Experimentan percepciones cruzadas. Las investigaciones arrojan distintos porcentajes respecto a este fenómeno, que van desde un 1% a un 14%. Proporciones pequeñas. Por eso, antes la sinestesia era tratada como un error del cerebro, como una patología; sin embargo, a medida que avanzan los estudios se asocia cada vez más a la creatividad, a la memoria prodigiosa, a la genialidad.

Obsesión por una persona, aumento de la pasión sexual, enlentecimiento del tiempo cuando se está lejos de ella, segregación anormalmente alta de dopamina…, estos son los síntomas del enamoramiento. ¿Lo consideramos una patología? No. Lo etiquetamos como normal pues la mayoría de los mortales lo experimentamos alguna vez en la vida. Si solo un 1% de nosotros se enamorara, entonces a esos pocos los tildaríamos de locos. Trataríamos como una neurosis ese fundido tan desgarradoramente dulce del corazón. La estadística no suele decirnos nada realmente interesante.

“¿Esto que me pasa qué nombre tiene?”. Necesitamos estar dentro de alguna casilla rotulada. Los psicólogos y psiquiatras lo tenemos muy fácil para colocar a la gente en cuadrados. Disponemos de una herramienta que nos lo permite: el DSM (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders). Un manual donde se encuentran todos los posibles trastornos con los síntomas que los caracterizan. Este catálogo de patologías resulta útil para la orientación del diagnóstico y el tratamiento. No obstante, dista mucho de ser un mapa exacto y su interpretación necesita grandes dosis de sensatez y humanismo. Sobre todo es imprescindible no perder de vista la relatividad de los criterios que se han empleado para elaborarlo.

Hasta el año 1973, la homosexualidad se encontraba dentro de este manual como un desorden mental. Las patologías entran y salen de este diccionario de las “anormalidades” humanas dependiendo de la moral de la época y muchas veces de los intereses de las industrias farmacéuticas. Cuanto más se diagnostica, más psicofármacos se venden. La última versión se ha visto engrosada con la entrada de nuevas patologías. Una de ellas presenta la complicada etiqueta: “Trastorno de desregulación disruptiva del estado de ánimo”. Es un diagnóstico para niños que presenten irritabilidad, pataletas, episodios de rabia como mínimo tres veces por semana durante un año. El peligro de acabar medicando los berrinches ya está servido. También se ha incluido el “trastorno por atracón”, un diagnóstico para las personas que se den una panzada con una frecuencia mínima de doce veces en tres meses. Al final, ya nadie será normal.

¿Qué significa ser normal? ¿Comportarnos como la mayoría? ¿No estar encasillados en alguno de esos diagnósticos? Nuestros protagonistas: Marta, con sus salidas del cuerpo; Pedro, con sus pensamientos asesinos, y Cristina, con su recopilación de uñas cortadas, ¿son normales? De entrada, no son únicos, es decir, que estos ejemplos están basados en un porcentaje de la población, aunque eso tampoco importa mucho. Estas rarezas puntuales no serían suficientes para clasificarlos como trastornados, para ello es necesario comprobar si estas extravagancias afectan a su vida cotidiana. En el caso de que no lo hagan, se los pondría dentro del saco de los normales.

Podríamos llegar a la conclusión de que, si la vida se ve afectada, se considera patología y, en caso contrario, no, pero eso también esconde una trampa. Imaginemos un fetichista. Un hombre que solo logra excitarse si su pareja lleva unos zapatos rojos de tacones imposibles. ¿Es patológico? Según nuestra conclusión, no lo sería dado que el resto de su vida no tiene por qué verse alterada. Ahora bien, supongamos que a su pareja no le gusta poner sus pies dentro de ese glamuroso calzado. En ese caso, podría estallar una crisis dentro de la pareja que pusiera la existencia de nuestro fetichista del revés. Así que dependiendo de la disposición de su mujer etiquetaríamos a ese hombre como trastornado o no. Complicado.

En Líbano, si un hombre presenta zoofilia y se lo monta con un animal hembra, se le considera normal. Ahora bien, si el animal es macho, la cosa cambia. La ley lo prohíbe y la condena puede ser de pena de muerte.

Aquí somos más lógicos. Si nos pasamos el día corriendo es normal. Si nos dejamos la salud para alcanzar objetivos materiales es normal. Si nos quedamos impasibles ante imágenes sangrantes del televisor es normal. Si el humor se nos agrieta porque nos han rayado el coche es normal. Si nos quejamos constantemente es normal. Si valoramos más el cuerpo de los jóvenes que la sabiduría de los ancianos es normal. La postura disparatada respecto a la zoofilia no desentona tanto al lado de nuestras “normalidades”. ¿Quién está más cuerdo, el que encaja dentro de esta loca sociedad o el que no?

Queremos encontrar la fina línea divisoria entre cordura y locura pero no existe. Esa raya es como el meridiano de Greenwich, si pasas por alguna carretera que lo cruza no lo ves, no existe, es solo una invención arbitraria de nuestra necesidad de ordenarlo todo. Saber si somos normales o no, no es la cuestión. Lo esencial no es qué rarezas nos acompañan, sino cómo nos relacionamos con ellas. Una misma locura puede ser vivida como genial o como patológica. Una misma manía puede verse como algo que convierte a una personalidad en especial o como una alteración. Una misma obsesión puede desviarse hacia lo creativo o hacia lo insano. Todos tenemos nuestra parte loca. La cuestión es qué hacemos con ella.

ARTÍCULO DE EL PAÍS SEMANAL

Así me trato, así trato a los otros

La comunicación con los demás acaba siendo reflejo de la comunicación con uno mismo. ¿Tenemos consciencia de nuestro diálogo interior? Sin hacerlo no podremos cambiar nuestra actitud hacia los demás.

Conocí a un ejecutivo de una importante multinacional que tenía fama de ser obsesivamente perfeccionista. Ello se traducía en una altísima exigencia con sus colaboradores. Sus mensajes a su equipo eran siempre los mismos: “Seguro que lo puedes mejorar… “, “si le das otra vuelta, todavía le puedes sacar más jugo…”, “está bien, pero todavía no está al cien por cien…”. Más de una vez me había explicado con impotencia que se desesperaba con el bajo nivel de autoexigencia de sus colaboradores. “Se conforman con cumplir, pero no van a buscar nota”, me decía de ellos.

En cierto momento pasó una importante crisis profesional. Sus colaboradores, desmotivados y con una sensación creciente de estar permanentemente presionados, se amotinaron y le echaron en cara su desmesurado perfeccionismo. Él aceptó la crítica y prometió intentar comunicarse con ellos de forma diferente. Lo cierto es que lo intentó, y durante un tiempo realizó un loable esfuerzo por evitar los mensajes de exigencia y por transmitir mensajes de aliento y motivación.

“Hay dos momentos esenciales para descubrir qué nos decimos a nosotros mismos: cuando algo nos sale bien y cuando algo nos sale mal”

Pero el cambio duró poco. Una tarde me confesó que lo había intentado con todas sus fuerzas, pero que no lograba interiorizar aquella nueva forma de comunicarse con los demás, y cuando bajaba la guardia, volvía a los mensajes de exigencia. Hablamos largamente, y durante aquella conversación me relató un episodio de su trabajo que me dio la clave de lo que le estaba ocurriendo. Me habló de una reciente presentación que había hecho al consejo de administración. “¿Cómo te fue?”, le pregunté. “Bastante bien”, me dijo. “Pero soy consciente de que no estaba al cien por cien. Podía haberlo hecho mejor…”.

Contigo, conmigo

“Nuestro lenguaje es un indicador muy fiel de cómo nos vemos como personas”. Stephen R. Covey

Cuando descubrimos que nuestra comunicación con los demás no funciona como esperamos, la primera reacción suele ser de autocontrol: tomamos consciencia de los mensajes que lanzamos a nuestro alrededor y hacemos todos los esfuerzos posibles para evitar los que no son bien recibidos. Esta es una respuesta que tiene un apreciable valor, pues demuestra que somos conscientes de que tenemos un problema y que queremos resolverlo. Pero esta estrategia tiene un recorrido limitado, y en general no durará. En relativamente poco tiempo bajaremos la guardia y volveremos a la comunicación que nos sale de dentro. Así pues, el verdadero cambio en nuestra comunicación no se producirá si no realizamos primero un cambio interior. Y no podemos hacer este cambio interior si en primer lugar no descubrimos qué nos decimos a nosotros mismos, es decir, cuál es nuestro diálogo interior.

Este es el primer paso esencial, porque lo que decimos a los demás es, en su esencia, fiel reflejo de lo que nos decimos a nosotros mismos, y no podremos cambiar la actitud hacia los demás (actitud que se traduce en determinados mensajes hacia ellos) si no cambiamos la actitud hacia nosotros.

Escucharnos a nosotros

“La voz es reflejo de lo que sientes. Si quieres cambiar tu comunicación, no cambies tu voz, cambia lo que sientes”. Oriol Pujol Borotau

Cuando tenemos consciencia de que nuestra comunicación con los demás no es bien recibida, el primer paso ineludible será descubrir qué mensajes nos damos a nosotros mismos a diario, pues nuestro diálogo interior es el origen de nuestra comunicación hacia el exterior. Porque si continuamente nos damos mensajes de exigencia, nos censuramos a nosotros mismos por no haber hecho las cosas mejor y nos echamos en cara nuestros pequeños errores, exigiremos sin límite a los demás, los censuraremos todo el tiempo y no les perdonaremos ni un fallo. En cambio, si nos damos a nosotros mismos mensajes de aliento, nos perdonamos los fallos sin importancia y nos reconocemos las victorias, haremos lo mismo con la gente de nuestro alrededor.

Escucharse a uno mismo es el primer paso para identificar qué nos decimos, pero no es un proceso necesariamente fácil. Es cierto que no dejamos de hablarnos, de darnos mensajes; es cierto que nuestro diálogo interior es permanente. Pero ¿cómo podemos tener consciencia de nuestra voz interna si para empezar es una voz que no oímos?

Hay dos momentos esenciales en los que nos será fácil escuchar esta silente voz interior y en los que podremos descubrir qué nos decimos a nosotros mismos: cuando algo nos sale bien y cuando algo nos sale mal.

Ante un fracaso hay dos tipos de mensajes que nos lanzamos a nosotros mismos: podemos decirnos cosas como “ya he vuelto a fallar”, “nunca lo conseguiré”, “lo he hecho mal” o “no sirvo para esto”. O podemos decirnos cosas como “no lo he conseguido, pero he trabajado bien”, “tendré otra ocasión para conseguirlo”, “ya sé qué tengo que hacer la próxima vez” o “todos fallamos alguna vez”.

Y ante una victoria tenemos también dos tipos de mensajes que nos podemos dar: “no es mérito mío”, “ha sido suerte”, “no me lo merezco” o “mejor que no me lo crea”, o, en cambio: “he hecho un buen trabajo esta vez”, “voy a disfrutarlo”, “me he esforzado y ahora tengo la recompensa” o “estoy preparado para esto”.

Si en ambos casos optamos por la primera opción, nuestros mensajes a nosotros mismos serán de continua exigencia y de rechazo de nuestros méritos. Y se traducirán en exigencia y rechazo de méritos de los demás.

En cambio, si optamos por la segunda opción, estaremos demostrando que sabemos relativizar nuestros pequeños fracasos y disfrutar nuestros logros, y estaremos en condiciones de relativizar los fracasos ajenos y de hacer disfrutar (y disfrutar con los demás) de las victorias.

Pero planteemos otra pregunta: ¿el diálogo conmigo mismo es síntoma de algo más?

A menudo, el diálogo poco cariñoso o poco afectivo conmigo mismo no es un hecho aislado, y son muchos los casos en que esta comunicación negativa hacia mí mismo se acompaña de otros comportamientos igualmente negativos, como pueden ser no cuidarme físicamente, no priorizar nunca mis deseos frente a los de los demás o no dedicarme el tiempo necesario, el que cualquier ser humano necesita. Todo ello es expresión de un problema de base: no quererme a mí mismo.

Es necesario querernos para querer a los demás. Y es expresión de que nos queremos no solo el hecho de darnos mensajes de aprecio, sino también hacer cada día cosas concretas que lo demuestren. Empecemos queriéndonos nosotros y estaremos abriendo el camino para que nuestros comportamientos para con nosotros se traduzcan en iguales comportamientos hacia los demás.

No intentemos hacer con los demás o pensar de los demás lo que no hacemos con nosotros o no pensamos de nosotros, porque el esfuerzo, además de agotador, resultará frustrante. ¿Cómo podemos dejar de exigir a los demás lo que nos exigiríamos sin duda a nosotros?, ¿cómo podemos perdonar a los demás lo que no nos perdonaríamos jamás a nosotros?

Momentos para escucharnos

“Hay que tomar la decisión de perseguir toda la vida la meta de conocerse a sí mismo”. Chris Lowney

Tomar consciencia de nuestro diálogo interior es la base del cambio en nuestra comunicación. Y hacerlo es algo que podemos aprender a base de practicar. El sistema no es complicado, solo hay que tomarlo como costumbre.

Podemos tomarnos unos momentos al día para, en un ambiente de relajación, apagar el ruido exterior y hablarnos a nosotros mismos. Contarnos el día, valorar nuestras decisiones, disfrutar de las pequeñas victorias y aprender de los pequeños fracasos. Rememorar los mejores momentos del día y atesorarlos, y relativizar y superar los malos momentos. Son momentos para decirnos cosas en el más completo de los silencios; un ejercicio absolutamente revelador, que se convertirá en la semilla del cambio.

ARTÍCULO DE ELPAÍS.COM

Gratitud, punto de partida para la felicidad

gracias

Muchas de las teorías que hacen referencia a la felicidad, o más bien a ese punto que todos queremos alcanzar y no sabemos muy bien cómo definir y que llamamos felicidad, acaban por vincularla directamente con el concepto de gratitud. Pero en realidad, ¿qué fue antes, el huevo o la gallina?

David Steindl-Rast, monje benedictino autor del exitoso ‘Gratefulness’,  lo tiene muy claro: Primero, el agradecimiento. Si somos agradecidos podremos alcanzar la felicidad, y nunca al contrario, es decir, las personas agradecidas no lo son por el hecho de ser felices, sino que son felices por el hecho de ser agradecidas. David lo cuenta en TED con ese tono sosegado que otorga la tranquilidad absoluta de no necesitar mucho de la vida, de recibir cada pequeña cosa, cada instante, como un regalo, y que al escucharle me hizo recordar un bonito hecho que un amigo me contó sobre su abuela:

Con 91 años, había sido trasladada a planta de un hospital tras sufrir una caída que le mantuvo varios días en ese hilo inapreciable que a veces separa la vida de la muerte. Había recuperado la consciencia, y lo primero que necesitó en ese tiempo extra que le concedió la vida fue dar las gracias.  Consiguió que su familia se las arreglara para publicar en la sección de cartas al director de un diario estas palabras que les dictó, y que quiso titular con un escueto y directo ‘¡Gracias!’:

Escribo esta carta desde el Hospital Clínico San Carlos de Madrid, que se ha convertido en las últimas semanas en mi improvisado hotel en el que permanezco desde que tuve la mala suerte de sufrir una caída en mi casa.

Pero siempre hay buena suerte dentro de la mala, y en mi caso la buena, sin duda, ha sido venir a parar aquí. He pasado por una delicada operación en la que me extirparon el bazo. Tengo 91 años y sé que este tipo de situaciones no son fáciles para nadie, y menos para una persona de mi edad. Mi paso por la UCI lo recuerdo algo borroso, incluso mezclado con tintes oníricos.  Ahora, más tranquila en la octava planta, en Geriatría, sé que se trataba de ese momento en el que decidimos entre irnos o quedarnos, y yo decidí quedarme.
Y lo hice gracias a la ayuda de todos y cada uno de los trabajadores que aquí se dejan el alma cada día para cuidar a los demás. Son cuidados intensivos, doy fe.

Es por ello por lo que quería escribir estas líneas. Única y exclusivamente para agradecer todo lo que médicos, enfermeras, enfermeros, y demás trabajadores de este lugar hacen por todos los pacientes como yo. Porque a pesar del horrible puré que dan aquí, las bromas, la sonrisa y la paciencia de todos los cuidadores no se puede dejar de agradecer. Y eso quería hacer yo.
¡Muchas gracias! 
Feliciana Sánchez

Resulta sorprendente que precisamente su nombre fuera Feliciana, pero no deja de ser una curiosa coincidencia. Lo cierto es que se trataba de una mujer viva, alegre, viajera y con ganas de vivir cada instante… con ganas de agradecer cada momento extra que la vida le otorgaba. Porque según Steindl-Rast, a pesar de que “no todos los momentos son agradables o dignos de ser agradecidos, sí podemos encontrar siempre el momento de agradecer”.

La carta provocó un gran revuelo los días posteriores entre los trabajadores del centro, y el doctor que la atendía llegó a asegurar que en sus 30 años de profesión nadie le había dado las gracias, y menos de ese modo.

Entonces, si la conexión gratitud-felicidad es tan clara ¿Por qué vivimos tan apartados del camino? ¿Es posible que una persona que trabaja para salvar vidas nunca haya recibido unas palabras de agradecimiento en tanto tiempo? Es sin duda terrible cómo hemos perdido la costumbre de dar las gracias, de agradecer a los demás, o a la propia vida todo lo que nos rodea y olvidamos… Por no agradecer, ya ni siquiera las máquinas se acuerdan de decir el famoso: “Su tabaco, gracias”.

Buceando en esta conexión, la profesora de Harvard Francesca Gino realizó un experimento con 57 jóvenes a los que se les respondía a una carta de recomendación de dos maneras. A una parte de ellos se les incluía un “he recibido tu carta de recomendación”, mientras que a un segundo grupo añadieron al final un “muy agradecida, muchas gracias”. Las personas que recibieron el segundo mensaje sintieron unos niveles mayores de autoestima y, en una segunda fase del experimento, fueron mucho más propensos a echar una mano a otra persona que les pedía ayuda que los receptores del primer mensaje.

Por lo tanto la gratitud es contagiosa y nos hace sentir bien, pero gratitud no es solo dar las gracias cuando recibimos algo, va mucho más allá. Como dijo el presidente de EEUU John F. Kennedy, “cuando expresamos nuestra gratitud nunca debemos olvidar que el reconocimiento más grande no está en pronunciar las palabras, sino en vivirlas”.

Ser agradecido es una forma de vida, una manera de valorar cada momento, por muy cotidiano que nos parezca, como si fuera nuestro cumpleaños cada segundo. Así lo sentía David en África cada vez que el grifo de agua potable o la luz funcionaban, como un regalo inesperado. A su regreso al ‘primer mundo’, este monje creó un método de encontrar la felicidad a través de tres premisas: ‘Para, Mira, Sigue’. Es decir, utiliza tus propias señales de ‘Stop’ de vez en cuando para reflexionar, abre tus sentidos para observar la riqueza no material que nos rodea y sigue hacia delante con ganas de disfrutar y poder dar las gracias por ello.

También los psicólogos Emmons y McCollough, además de concluir que la gratitud también tiene efectos en el bienestar físico y emocional de las personas, crearon su método para expresarlas, en base a cuatro trucos como: escribir notas personales como recordatorio, a través de la comparación con gente con problemas graves, dando simplemente las gracias o controlando los pensamientos positivos.

ARTÍCULO DE PILAR JERICÓ – LABORATORIO DE LA FELICIDAD (EL PAÍS)