Tus conflictos internos

Cuando hablamos de conflictos, a menudo nos vienen a la cabeza situaciones problemáticas o de desencuentro con otras personas. Sin embargo, en ocasiones los conflictos residen en nuestro interior: tenemos conflictos con nosotros mismos porque no terminamos de decidir hacia dónde queremos ir, nos dejamos llevar por las opiniones de otros, nos dominan el miedo, las inseguridades, el sentimiento de culpa…

En el post de hoy mi intención es ayudarte a resolver esos pequeños o grandes conflictos internos que pueden llevarte al estancamiento, a no avanzar, a encallarte en una situación no deseada. Para ello, te propongo alguna reflexión que te empuje hacia la salida de esos “pensamientos veneno” que sientes te frenan.

  • Si lees un poco más arriba, he escrito “los pensamientos que sientes que te frenan”. Observa el matiz de las palabras: sientes que te frenan. Sin embargo, los pensamientos no te frenan, tú decides si quieres seguir avanzando o pisar el freno.

  • Si no te sientes bien, cómodo, a gusto, con la situación actual y puede que lleves así ya semanas, meses, e incluso años, ¿no crees que es el momento de que te decidas a actuar? Piensa bien qué te impide actuar. Puede que te respondas que son las circunstancias, los demás, el entorno… ¿Excusas, justificaciones tal vez? Tú decides. Acepta que el error es una posibilidad y actúa.

  • Toma conciencia de tu diálogo interno. A menudo la culpa, las inseguridades, el temor, nos hacen dar credibilidad a ciertos pensamientos de los que ni siquiera somos conscientes a veces. Se llaman creencias limitantes y lo más curioso es que tú las creas y tú las crees. Y como las crees, actúas como si fueran ciertas.

Puede que estés pensando que tú no tienes ese diálogo interno del que te hablo, o que no seas consciente de él.

Aquí va un ejercicio que te ayudará, en primer lugar, a tomar conciencia de tus conversaciones internas y en segundo lugar, a desafiar a esos pensamientos que te limitan. Veámoslo paso a paso:

  1. Ante una situación de conflicto interno, escribe qué te pasa. Si tienes claro que quieres hacer algo y crees que no puedes, contesta a la pregunta: ¿Qué te lo impide? Por escrito, por favor.

  1. Una vez que hayas escrito tus pensamientos, lee con detenimiento tus palabras y pásales los filtros de Sócrates.

Cuentan que en la antigua Grecia, un discípulo se acercó a Sócrates diciendo: “Maestro, le voy a contar algo que me han dicho de un compañero”. Entonces Sócrates le paró y así transcurrió la conversación:

  • Espera un momento, antes de hablar. Lo que me vas a contar, ¿es verdad?
  • Me lo han dicho esta mañana.
  • Sí., te lo han dicho. Pero ¿puedes asegurar que es verdad?
  • No… no puedo asegurarlo.
  • Siguiente pregunta: ¿Me vas a contar algo bueno sobre ese compañero?
  • No… no es bueno.
  • Y por último: ¿es útil?
  • Pues tampoco… no es muy útil.
  • Entonces, no me lo cuentes.

Sócrates nos enseña, de esta forma, que la verdad, la bondad y la utilidad son esenciales en nuestra relación con los demás, pero también con nosotros mismos.

Así que, si quieres resolver tus conflictos internos, ya sabes:

  1. Escribe tus pensamientos.
  2. Observa con detenimiento tus palabras.
  3. Pásales los filtros de Sócrates.
  4. Si no pasa los filtros, escribe otras hasta que sean verdad, o al menos, útiles y buenas para ti.

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Qué es coaching y que no lo es

Vivimos unos momentos en los que la palabra “coaching” nos inunda. En las redes sociales veo constantemente personas que se anuncian como profesionales: coach inmobiliario, coach de prevención de riesgos, coach nutricional, coach de finanzas, coach vocal… y así una larga lista de profesiones u oficios con la palabra coach delante.

Esto produce confusión en algunas personas que se preguntan: “Pero entonces, ¿qué es el coaching realmente? ¿Qué significa ser coach?

Hoy quiero aclararos exactamente eso: qué es un coach y qué hace. Un coach es un profesional del coaching, ni más ni menos. Conoce la disciplina del coaching, sabe aplicarla, y conoce las técnicas y herramientas que el coaching maneja. No es experto en inmobiliaria, ni en finanzas, ni en nutrición. Es experto en coaching. Por eso puede trabajar con sus clientes, cualquiera que sea el área de especialización de los mismos.

El coaching es una disciplina que sigue un método y utiliza una serie de herramientas. Un profesional del coaching ha tenido que formarse previamente  y en profundidad para conocer las herramientas y las técnicas necesarias para facilitar procesos y ha tenido que desarrollar ciertas habilidades. La formación de un coach lleva su tiempo: ha de pasar por un proceso personal, en primer lugar. Un coach profesional tiene que vivir un proceso de coaching en primera persona para conocer qué siente el cliente cuando aplicamos el método. Además, tiene que tener un alto nivel de inteligencia emocional para poder acompañar a su cliente en el desarrollo de la suya. En los cursos de formación para ser coach hay que aprender teoría y hay que practicar mucho, mucho, de la mano de un profesional que te guíe y te oriente. Y después vienen los exámenes, tanto teóricos como prácticos, como paso previo a la acreditación como coach. Y para asegurarnos que esa formación sea de calidad, es fundamental que esté respaldada por alguna de las asociaciones de Coaching más importantes. Hoy en día, la mayor  asociación de Coaching a nivel internacional es ICF (International Coach Federation) y ofrece unos altos estándares de calidad tanto en los contenidos formativos como en el ejercicio de la profesión.

El coaching es una disciplina a través de la cual un cliente parte de una situación concreta para conseguir, de la mano de su coach, alcanzar otra situación, que es la deseada. Todo ello mediante el diseño conjunto de objetivos, la reflexión y la toma de decisiones que harán al cliente dar los pasos necesarios hasta la meta que se ha planteado. Durante el proceso, el cliente, y no el coach, irá tomando una serie de decisiones y actuando en consecuencia. El coach no aconseja, ni orienta, ni dirige las decisiones del cliente. El coach únicamente le acompaña en el viaje, iluminándole el camino mediante las diferentes técnicas.

¿Cómo puedes saber tú si estás delante de un coach profesional o de un falso coach? Pregúntale dónde se ha formado, qué títulos tiene y con qué certificaciones cuenta. Si te pone excusas y te dice que eso no es necesario, mi consejo es que investigues un poco más.

Gratitud, punto de partida para la felicidad

gracias

Muchas de las teorías que hacen referencia a la felicidad, o más bien a ese punto que todos queremos alcanzar y no sabemos muy bien cómo definir y que llamamos felicidad, acaban por vincularla directamente con el concepto de gratitud. Pero en realidad, ¿qué fue antes, el huevo o la gallina?

David Steindl-Rast, monje benedictino autor del exitoso ‘Gratefulness’,  lo tiene muy claro: Primero, el agradecimiento. Si somos agradecidos podremos alcanzar la felicidad, y nunca al contrario, es decir, las personas agradecidas no lo son por el hecho de ser felices, sino que son felices por el hecho de ser agradecidas. David lo cuenta en TED con ese tono sosegado que otorga la tranquilidad absoluta de no necesitar mucho de la vida, de recibir cada pequeña cosa, cada instante, como un regalo, y que al escucharle me hizo recordar un bonito hecho que un amigo me contó sobre su abuela:

Con 91 años, había sido trasladada a planta de un hospital tras sufrir una caída que le mantuvo varios días en ese hilo inapreciable que a veces separa la vida de la muerte. Había recuperado la consciencia, y lo primero que necesitó en ese tiempo extra que le concedió la vida fue dar las gracias.  Consiguió que su familia se las arreglara para publicar en la sección de cartas al director de un diario estas palabras que les dictó, y que quiso titular con un escueto y directo ‘¡Gracias!’:

Escribo esta carta desde el Hospital Clínico San Carlos de Madrid, que se ha convertido en las últimas semanas en mi improvisado hotel en el que permanezco desde que tuve la mala suerte de sufrir una caída en mi casa.

Pero siempre hay buena suerte dentro de la mala, y en mi caso la buena, sin duda, ha sido venir a parar aquí. He pasado por una delicada operación en la que me extirparon el bazo. Tengo 91 años y sé que este tipo de situaciones no son fáciles para nadie, y menos para una persona de mi edad. Mi paso por la UCI lo recuerdo algo borroso, incluso mezclado con tintes oníricos.  Ahora, más tranquila en la octava planta, en Geriatría, sé que se trataba de ese momento en el que decidimos entre irnos o quedarnos, y yo decidí quedarme.
Y lo hice gracias a la ayuda de todos y cada uno de los trabajadores que aquí se dejan el alma cada día para cuidar a los demás. Son cuidados intensivos, doy fe.

Es por ello por lo que quería escribir estas líneas. Única y exclusivamente para agradecer todo lo que médicos, enfermeras, enfermeros, y demás trabajadores de este lugar hacen por todos los pacientes como yo. Porque a pesar del horrible puré que dan aquí, las bromas, la sonrisa y la paciencia de todos los cuidadores no se puede dejar de agradecer. Y eso quería hacer yo.
¡Muchas gracias! 
Feliciana Sánchez

Resulta sorprendente que precisamente su nombre fuera Feliciana, pero no deja de ser una curiosa coincidencia. Lo cierto es que se trataba de una mujer viva, alegre, viajera y con ganas de vivir cada instante… con ganas de agradecer cada momento extra que la vida le otorgaba. Porque según Steindl-Rast, a pesar de que “no todos los momentos son agradables o dignos de ser agradecidos, sí podemos encontrar siempre el momento de agradecer”.

La carta provocó un gran revuelo los días posteriores entre los trabajadores del centro, y el doctor que la atendía llegó a asegurar que en sus 30 años de profesión nadie le había dado las gracias, y menos de ese modo.

Entonces, si la conexión gratitud-felicidad es tan clara ¿Por qué vivimos tan apartados del camino? ¿Es posible que una persona que trabaja para salvar vidas nunca haya recibido unas palabras de agradecimiento en tanto tiempo? Es sin duda terrible cómo hemos perdido la costumbre de dar las gracias, de agradecer a los demás, o a la propia vida todo lo que nos rodea y olvidamos… Por no agradecer, ya ni siquiera las máquinas se acuerdan de decir el famoso: “Su tabaco, gracias”.

Buceando en esta conexión, la profesora de Harvard Francesca Gino realizó un experimento con 57 jóvenes a los que se les respondía a una carta de recomendación de dos maneras. A una parte de ellos se les incluía un “he recibido tu carta de recomendación”, mientras que a un segundo grupo añadieron al final un “muy agradecida, muchas gracias”. Las personas que recibieron el segundo mensaje sintieron unos niveles mayores de autoestima y, en una segunda fase del experimento, fueron mucho más propensos a echar una mano a otra persona que les pedía ayuda que los receptores del primer mensaje.

Por lo tanto la gratitud es contagiosa y nos hace sentir bien, pero gratitud no es solo dar las gracias cuando recibimos algo, va mucho más allá. Como dijo el presidente de EEUU John F. Kennedy, “cuando expresamos nuestra gratitud nunca debemos olvidar que el reconocimiento más grande no está en pronunciar las palabras, sino en vivirlas”.

Ser agradecido es una forma de vida, una manera de valorar cada momento, por muy cotidiano que nos parezca, como si fuera nuestro cumpleaños cada segundo. Así lo sentía David en África cada vez que el grifo de agua potable o la luz funcionaban, como un regalo inesperado. A su regreso al ‘primer mundo’, este monje creó un método de encontrar la felicidad a través de tres premisas: ‘Para, Mira, Sigue’. Es decir, utiliza tus propias señales de ‘Stop’ de vez en cuando para reflexionar, abre tus sentidos para observar la riqueza no material que nos rodea y sigue hacia delante con ganas de disfrutar y poder dar las gracias por ello.

También los psicólogos Emmons y McCollough, además de concluir que la gratitud también tiene efectos en el bienestar físico y emocional de las personas, crearon su método para expresarlas, en base a cuatro trucos como: escribir notas personales como recordatorio, a través de la comparación con gente con problemas graves, dando simplemente las gracias o controlando los pensamientos positivos.

ARTÍCULO DE PILAR JERICÓ – LABORATORIO DE LA FELICIDAD (EL PAÍS)

Los mensajes de la intuición

Aunque a menudo no le damos importancia, la intuición viene a ser un sexto sentido que, en palabras de Carl Gustav Jung, “explora lo desconocido y adivina posibilidades que a veces no son evidentes”. En el mundo de los negocios, la ciencia e incluso la política, el poder intuitivo desempeña un papel fundamental. Quien desarrolla esta forma de percepción es capaz de captar indicios de lo que sucederá en el futuro.

Julio Verne es un ejemplo clásico de creador intuitivo y visionario. Varias de sus invenciones literarias acabaron plasmándose en la realidad un siglo más tarde. Sin embargo, el llamado sexto sentido también opera en la vida cotidiana. Exclamamos “¡Tengo una corazonada!” cuando la oficina del inconsciente, que trabaja día y noche, nos da una información que puede ser vital para nuestro futuro inmediato.

Nuestro corazón tiene razones que la razón desconoce”. Blaise Pascal

El psiquiatra Eric Berne, fundador del análisis transaccional, observó que los niños desarrollan su inteligencia intuitiva entre los 6 y 18 meses de vida. Denominó “pequeño profesor” a esta capacidad para detectar cambios sutiles en el tono de voz de los adultos, por ejemplo, con los que el pequeño se da cuenta de si hay o no tensión en el ambiente, y de si es aceptado en su entorno. Esta herramienta tan desarrollada en los llamados “animales superiores”, como los perros y gatos que conviven con nosotros, está también presente en todo ser humano. Pero a menudo la desatendemos y queda eclipsada por el pensamiento racional.

Sin embargo, tener bien engrasado nuestro sexto sentido es clave para lograr el éxito en muchos ámbitos de la vida. El guardameta, por ejemplo, se sirve de la intuición para lanzarse al lado de la portería donde será chutado el penalti instantes antes del disparo. Del mismo modo actúan algunos inversores en Bolsa o la mayoría de editores, que contratan un libro que saldrá al mercado uno o dos años más tarde, con lo que solo pueden intuir lo que será el gusto de los futuros lectores.

La mente intuitiva es un regalo sagrado, y la mente racional es un sirviente fiel. Hemos creado una sociedad que honra al sirviente y se olvida del regalo”. Albert Einstein

En su libro Intuition: Its Powers and ­Perils (La intuición: sus fuerzas y peligros), David G. Myers habla del “procesamiento dual” de los acontecimientos. Este es consciente e inconsciente a la vez, lo cual nos permite saber mucho más de lo que creemos que sabemos. En sus propias palabras: “Somos capaces de diagnosticar problemas y tomar decisiones, igual que un mecánico de automóviles o un médico después de escuchar o dar un vistazo. Un profesional del juego del ajedrez, por ejemplo, tras una rápida mirada al tablero, puede, de manera intuitiva, saber cuál es el movimiento correcto basándose en miles de opciones almacenadas en su memoria”.

En su libro La inteligencia emocional aplicada al liderazgo y a las organizaciones, Robert K. Cooper y Ayman Sawaf mencionan un estudio que analizó a 93 ganadores de premios Nobel en un periodo de 16 años. Al estudiar los procesos que estas personalidades habían seguido para alcanzar sus descubrimientos, concluyeron que en 82 casos la intuición había desempeñado un papel importante, mientras que solo 11 se habían servido de forma casi exclusiva de la lógica racional y los hechos conocidos.

La intuición es, por tanto, un poderoso aliado, pero corremos peligro si no la complementamos con el pensamiento racional y la observación de los hechos. Muchas personas sobrevaloran sus corazonadas, lo cual les hace perder dinero en malas inversiones, contratar a empleados sin periodo de prueba o, en el plano sentimental, aventurarse en relaciones catastróficas por haber seguido un impulso irracional. El valor de nuestro sexto sentido se multiplica con la experiencia y el análisis racional, y a la inversa. Muchas predicciones científicas y empresariales han fracasado estrepitosamente al basarse solo en hechos contrastados e ignorar las inspiraciones que provienen de la intuición. Veamos algunas de ellas.

En 1486, los asesores de los Reyes Católicos evaluaron así la propuesta de Cristóbal Colón: “Tantos siglos después de la Creación es improbable que alguien pueda encontrar tierras desconocidas con algún valor”. En 1830, Dionysius Lardner, catedrático de Filosofía Natural y Astronomía del University College de Londres, afirmaba: “Los viajes en trenes de alta velocidad no son posibles porque los pasajeros no podrán respirar y morirán asfixiados”. En 1981, Bill Gates declaró que “640 kilobytes deberían ser suficientes para cualquier persona”. Un iPhone 6 tiene 128 millones de kilobytes.

La lista de predicciones fallidas es tan interminable como la de aciertos logrados tras sumar el conocimiento racional a una emoción que nos señala algo importante.

Nuestra mente es capaz de anticipar,de hacer un pequeño salto en el futuro para advertirnos de los peligros”. Dick Bierman

Hablamos de un “golpe de inspiración” cuando un artista es pionero en un estilo que acabará siendo una moda generalizada, o cuando un fabricante lanza al mercado un producto que no existía, ni siquiera en la mente de los consumidores.

Lo que a menudo se engloba en el concepto “pensamiento lateral” sirve también para hallar respuesta a problemas que no hemos logrado resolver a través del pensamiento racional. El periodista y psicólogo Erik Pigani dice al respecto: “Encontrar de repente la solución a un problema que arrastramos durante un mes es algo habitual. Durante este tiempo, nuestro cerebro ha estado seleccionando informaciones y, sin nuestro conocimiento, ha llegado a una conclusión, y por tanto puede responder a la pregunta”.

Entonces surge el famoso “¡Eureka!”, que en griego clásico se traduce como “¡Lo he descubierto!”.
A menudo tenemos la impresión de que esta es una capacidad propia de los genios. Sin embargo, puede ser entrenada y potenciada como cualquier otra habilidad humana. De hecho, tal como sucede con las sincronicidades –las casualidades significativas–, al tomar conciencia de los mensajes de la intuición ya logramos que esta se refuerce. Este sería el primer paso para sacar partido al músculo secreto de la creatividad. En su libro Awakening Intuition (Despertando la intuición), la psicóloga Frances Vaughan propone además las siguientes medidas para potenciar esta capacidad:

– Aquietar la mente. Así como no se puede pintar una figura nítida en un lienzo emborronado, la intuición necesita de espacio mental para hacer aflorar sus mensajes. Practicar la relajación, el yoga o la meditación sirve para alejar el ruido de fondo de modo que pueda llegar la inspiración.

– Tomar nota de nuestras emociones. Cuando ante una persona, lugar o hecho experimentamos un sentimiento particular, debemos observarlo porque probablemente lleva un mensaje de nuestra oficina interior. Hay que respetar estas primeras impresiones.

– Practicar la atención. Observar algo durante más de tres segundos es todo un desafío, pero constituye la base del desarrollo de la intuición: aprender a enfocar la mente sobre una sola cosa o problema.

Frances Vaughan señala que el mayor obstáculo para la intuición es el autoengaño. En sus propias palabras: “Debemos ser capaces de separar las reacciones emocionales de las percepciones. Si estamos realmente molestos o preocupados por algo, no nos daremos cuenta de que en cualquier situación existen muchos más elementos fuera de nosotros mismos. Cuando las corazonadas resultan ser falsas, por lo general, lo que sucede es que hemos confundido la intuición con un deseo”.

Es muy valioso incorporar el poder de la intuición a nuestra vida diaria, pero no debemos obcecarnos hasta el punto de medirlo todo por estos mensajes sutiles, a menudo en forma de primeras impresiones. Enriquecer nuestro análisis racional con la magia del inconsciente es el binomio perfecto para una vida profunda, despierta y creativa.

ARTÍCULO DE EL PAÍS SEMANAL

Pendientes de la aprobación social

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Suele ser común escuchar decir a la gente que los demás no les importan. Que se rigen por sus propios criterios, que cada uno es como es y que nadie les impide hacer lo que desean hacer. No obstante, como observador de la conducta humana, creo que eso es lo que quieren creer, y lo que quieren que los demás crean de ellas. En realidad, lo dicen justamente porque los tienen en cuenta.

Nadie existe sin entrelazar su vida. Nadie vive completamente por sí mismo aunque viva aislado. En nuestras mentes están los demás, están los fenómenos que nos envuelven, están los recuerdos y las proyecciones, está lo cercano y está lo trascendente. Todo es inter-ser, como diría el maestro zen Thich Nhat Hanh. La existencia se basa en la interrelación de todo lo que habita en ella. Por eso somos seres entrelazados. Vivamos solos o en comunidad, el otro está ahí siempre presente.

Aceptar nuestra vulnerabilidad en lugar de tratar de ocultarla es la mejor manera de adaptarse a la realidad”

(David Viscott)

La alteridad se expresa en dos formatos: El otro como ajeno (alius) o el otro como misterio (alter). El primero crea incomodidad, inquieta o puede llegar a ser un estorbo. El segundo libera del egocentrismo, abraza la curiosidad de descubrir a una persona y encontrarnos a la vez a nosotros mismos. Sin embargo, la presencia de ese individuo, o del grupo, la tribu, la familia, la comunidad, la sociedad, se convierte en un difícil ejercicio entre ser uno mismo y serlo con los demás.

El jesuita Javier Melloni expresa los tres tiempos de la alteridad, que consisten en el tránsito entre el “estar en casa”, el “salir de casa” (o el encuentro con el desconocido que brinda la oportunidad de engrandecernos a través del diálogo) y el “regreso a casa” (el que vuelve ya no es el que se fue). Cada encuentro es trasformativo, impacta en nuestra sensibilidad, mente y corazón. Puede ocurrir también que sea un desencuentro, un desengaño, un aprendizaje que condicione el futuro de nuestras relaciones.

Al hacernos con los demás tendemos a tres conductas defensivas ante el miedo a no encajar o, por el contrario, ante el temor a quedar diluidos entre los prejuicios sociales y los intereses ajenos. O bien nos adaptamos en exceso, o nos rebelamos ante todo, o quedamos encerrados en nuestro cascarón procurando no molestar al mundo ni que el mundo nos moleste. Son intentos fallidos de una adaptación natural, es decir, la que mantiene un sano equilibrio entre vivir y dejar vivir. Entre ser uno mismo sin dejar de serlo ante los demás y, a la vez, reconociendo a los demás en lo que son.

De estas tres formas reactivas, la persona que tiende a adaptarse con desmesura a los demás, a las normas, a las exigencias del contexto, a lo conveniente, es la que busca afanosamente su aprobación, la que mantiene la expectativa de sentirse aceptada, reconocida, perteneciente, amada incluso. Es su compensación por tanta entrega. El precio a pagar, sin embargo, acaba siendo la desconexión consigo misma, los desengaños de los demás y cargarse de obligaciones.

Las personas que buscan aprobación viven divididas entre sus intereses y los ajenos. Les sabe mal decir que no. Se obligan a ser complacientes o al menos cumplidoras, dignas de confianza, meticulosas y eficientes. Temen el error o los juicios equivocados y valoran en exceso los aspectos de sí mismas que se relacionan con la disciplina, la perfección y la lealtad.

Es un malvivir entre el deseo propio y la culpa de sentir impulsos prohibidos. La necesidad de ser y la rabia por no permitírselo (tendría que haber dicho, tendría que haber hecho). El resultado final de todo este desaguisado tiene tres aspectos a considerar. El primero es un estado profundo de tristeza y de agresión a sí mismas. Se autoculpan y a la vez se apenan de ser como son por su propia rigidez. Esa vida interior se oculta por vergüenza, mostrando hacia fuera un aspecto de “todo está bien”. La mayoría de sus sentimientos están bajo control.

El segundo aspecto es la dificultad de la persona en definirse por sí misma. Acostumbrada a tener tan en cuenta a los demás, desatiende sus propias necesidades al extremo que desconoce lo que realmente la complace. La desconexión interior que sufre la desarma emocionalmente. Lo vive todo para lograr una buena opinión de los demás, se da forma solo a través de normas, programaciones de tiempo y jerarquías. Su obstinación y su indecisión ante cambios inesperados las adentra en una personalidad obsesiva.

En esta vida, la primera obligación es  ser totalmente artificial. La segunda todavía nadie la ha encontrado”

(Oscar Wilde)

El tercer aspecto tiene que ver con el paso del tiempo. Si no han logrado reconectarse y atender sus propias necesidades, llegará un día en el que van a preferir estar solas, aisladas, ocupadas de sí mismas, pero a escondidas, porque la mera presencia de los demás, incluso de su propia familia, las obliga. Se han acostumbrado tanto a cumplimentar que ya no saben hacer otra cosa. Por eso prefieren cierta soledad, para no sentirse obligadas. Ante la presencia de los demás no saben hacer otra cosa que interesarse por sus necesidades y atenderlas si es posible. No han aprendido a afirmarse a sí mismas, a poner límites, a defender sus intereses, a mostrarse flexibles y a romper algunas reglas. Lo resuelven desapareciendo.

Superar la aprobación social, al igual que cualquier aspecto disfuncional de nuestra vida, pasa por el autoconocimiento y el proceso de hacerse individuo, de devenir uno, indivisible, íntegro en lugar de disociado y fragmentado. Se conoce que muchas personas adaptativas en exceso han sido coaccionadas e intimidadas, fundamentalmente en la familia, para aceptar las demandas y los juicios impuestos por los demás. Sus formas de actuar, prudentes, controladas y perfeccionistas, derivan de un conflicto entre la hostilidad hacia los demás y el miedo a la desaprobación social. La forma en la que resuelven el conflicto consiste en suprimir su resentimiento, manifestando un conformismo excesivo y exigiéndose mucho a sí mismas y también a los demás.

¿Qué hacer entonces con toda esa ira, ese resentimiento acumulado? Ahí es donde reside el éxito del proceso de hacerse indivisible, es decir, en la capacidad de integrar esas partes ocultas. Es un trabajo constante de aprender a afirmarse sin necesidad de mostrarse, ni reactivamente, ni con complacencia. Aprender a no cargarse de obligaciones innecesarias, solo por el qué dirán, o por quedar bien, o porque sabe mal. Aprender a ser más flexibles, a definirse por sus propios gustos y necesidades, más que por hacerlo todo “pluscuamperfecto”.

Solo aquello que uno ya es tiene poder curativo”

(Jung)

No obstante, el aprendizaje más difícil de todos será contactar con esas sombras emocionales tan temidas. Hay que desvelar las creencias y los miedos ocultos que las sostienen. Sin entrar ahí, difícilmente podrá haber integración. Muchas personas creen que si sueltan la rabia, el resentimiento o la ira, provocarán una avalancha sobre los demás de consecuencias indescriptibles. Se trata de un temor infundado porque en realidad ocurre todo lo contrario: la persona queda liberada. Desahogar las emociones forma parte de tenerlas.

En cambio, lo inhumano es tragárselas, dejar que se conviertan en tóxicas o expulsarlas agrediendo a los demás. Toda emoción trae consigo información sobre nosotros y sobre el medio. No la podemos desaprovechar. Otra cosa es cómo la gestionamos, cómo la comunicamos asertivamente. Cuando somos capaces de hacerlo así, se produce un milagro: allá donde creíamos que nos despreciarían, nace el respeto y la dignidad.

ARTÍCULO DE ‘EL PAÍS SEMANAL’