Pautas para defender tu punto de vista

En ocasiones puede suceder que pienses diferente a la mayoría, o a una persona que desempeña un papel importante en tu vida, que quieras hacer una crítica o manifestar tu punto de vista y no sepas cómo hacerlo o no te atrevas. Puede ser que pienses que da igual, que no era tan importante, pero no defender tus derechos tiene sus consecuencias. Es como un círculo vicioso:

defender tus derechos

 

Para evitar estas consecuencias y conseguir paz interior y bienestar emocional, empieza a defender tus derechos. ¿Cómo? Siguiendo estos pasos:

  1. Vigila tu diálogo interno. ¿Qué te dices sobre la situación? Escríbela y observa cuántas palabras son objetivas y cuántas son subjetivas y suponen un juicio.
  2. Piensa lo que tú quieres y lo que tú opinas sobre la situación y escríbelo. Léelo y contesta a la siguiente persona: ¿Estás en tu derecho de expresarlo? Escríbelo y repítelo en voz alta todas las veces que haga falta hasta que estés plenamente convencido.
  3. Busca la forma de expresarlo, respetando el derecho de los demás a tener su punto de vista.

I love me

 

Para lograr resultados, actúa con paciencia y perseverancia. Trabajar ajas estos pasos a diario hará que crezca tu autoafirmación y cada vez te sientas mejor. ¡Ánimo!

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3 pasos para creer más en ti

Siempre que alcanzamos una meta, que conseguimos un objetivo que nos habíamos propuesto, es porque se han dado estos tres principios fundamentales:

  1. Sabemos lo que queremos, cuál es nuestro objetivo, a dónde queremos llegar.
  2. Creemos que lo podemos conseguir, no tenemos ninguna duda al respecto. Aunque veamos algún obstáculo o las circunstancias no sean las más propicias a priori, eso no nos hace tambalearnos y seguimos yendo hacia donde queremos.
  3. Estamos dispuestos a trabajar lo necesario para lograrlo. No importa el esfuerzo que tengamos que hacer. Cuando de verdad queremos algo, nos hacemos protagonistas de la situación, no lo dejamos en manos de terceras personas, y actuamos.

Piensa en cualquier meta que hayas alcanzado, seguro que se han dado estos principios, aunque los hayas seguido de forma inconsciente. Estos son los principios sobre los que trabaja el coaching:

  • Conciencia: Saber lo que quieres y enfocarte en tu objetivo
  • Autocreencia: Creer que lo puedes conseguir
  • Responsabilidad: Hacerte cargo de los resultados y estar dispuesto para actuar con perseverancia hasta alcanzarlos.

Cuando alguien no puede conseguir sus objetivos por sí mismo, probablemente es porque alguno de estos tres principios no se da y es entonces cuando es recomendable acudir a un coach.

Hoy te voy a hablar de la autocreencia y de cómo conseguir creer más en ti mismo en tres pasos:

  1. Piensa en lo que quieres conseguir y escríbelo. Observa lo que has escrito. ¿Está expresado en positivo? Asegúrate de saber a dónde SÍ quieres ir, lo que quieres tener, como quieres estar. Una vez escrito en positivo, especifica lo máximo posible: ¿Qué verás, oirás y sentirás cuando hayas alcanzado tu objetivo?
  2. Visualízate. Todos los días cuando te despiertes y todas las noches cuando te acuestes, cierra los ojos, relájate y contémplate disfrutando de ese objetivo ya conseguido. Para que la visualización sea completa incluye el máximo de detalles posible: mira, escucha y siente, involúcrate lo máximo posible. Cada vez que practiques la visualización, estarás aumentando tu autocreencia ya que, como decía Einstein, “Si lo puedes imaginar, lo puedes lograr.” 
  3. Actúa como si ya lo hubieras conseguido. Al principio puede que te cueste, pero poco a poco tu cerebro irá entendiendo que el camino correcto es ése y terminará “creyéndoselo”. Y, volviendo a citar a Einstein, el hecho de hacer cosas diferentes hará que obtengas resultados diferentes.

Para recoger, hay que sembrar. Esto lo sabemos todos, lo que pasa es que a veces no sabemos dónde sembrar. Pues ahí mismo, ¡dónde estás! Tu mente es un campo muy fértil, así que para recoger pronto los frutos, empieza ya mismo: Piensa en lo que quieres conseguir, visualízate consiguiéndolo y actúa como si ya lo hubieras conseguido. Y sobre todo, recuerda que recogerás lo que siembras, así que si piensas negativo, recogerás resultados negativos.

Empieza a creer que puedes, paso a paso, día a día, con constancia y perseverancia y llegará el momento en que estarás convencido de que así es. Y los resultados llegarán.

Coaching

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La importancia de la empatía

Cuando nos cuentan un problema, especialmente si lo hace un familiar o alguien muy cercano, es habitual que nos impliquemos emocionalmente. De hecho es lo que muchas veces se espera de nosotros. Sin embargo, implicarse emocionalmente en los conflictos de los demás no es bueno. En primer lugar, porque nos contagiamos de su estado de ánimo, con lo que, presos de las emociones, dejamos de ver objetivamente las cosas y perdemos la capacidad de ayudarles. Y en segundo lugar, porque si lo hacemos por sistema, acabaremos sufriendo un desgaste emocional que tendrá sus consecuencias en nuestra salud y en nuestro ánimo.

La implicación emocional en los problemas de los demás no es una buena manera de ayudarles. Sin embargo, mantener la distancia tampoco es la solución. Distanciarse de un conflicto que nos cuenta alguien nos convierte en personas frías, desinteresadas por los demás. Aunque sin duda es una actitud que nos protege emocionalmente, no ayuda en absoluto en la relación personal.

Hay una tercera vía: la empatía. Es una respuesta que conecta emocionalmente con el otro, sin que haya por nuestra parte un desgaste emocional, y sin que altere nuestra percepción o peligre nuestra objetividad.

“La empatía representa la habilidad sensitiva de una persona para ver el mundo a través de la perspectiva del otro”. Sebastià Serrano.

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Muchas veces se define la empatía como “la capacidad de sentir lo que el otro siente”. Esta no es ciertamente la empatía que buscamos cuando nos enfrentamos a los problemas de los demás, porque el contagio del sentimiento -un hecho científicamente demostrado y que ocurre espontáneamente si no ponemos ciertas barreras- nos incapacitará para la ayuda. Una definición alternativa consiste en considerar la empatía como la capacidad de captar lo que el otro siente y de comunicarle que lo capto. Esta es la forma que tenemos de no resultar fríos y asépticos, y sin embargo no cargar con el peso emocional de los problemas ajenos.

Para desarrollar esta empatía son fundamentales dos cosas: en primer lugar, ser capaces de captar el estado emocional de los otros. Lo lograremos escuchando lo que nos dicen, pero sobre todo prestando atención a cómo nos lo cuentan. Para captar los sentimientos, el tono de la voz y las expresiones en lenguaje no verbal (la mirada, los gestos, la posición del cuerpo…) son más importantes que todo lo que la persona a la que escuchamos nos pueda decir. Debemos escuchar con los ojos.

Y en segundo lugar, hemos de ser capaces de comunicar al otro que captamos su sentimiento. Será la forma en que notará nuestra proximidad y se sentirá comprendido. Será también la forma en que saldremos de la frialdad que podría suponer no implicarnos en su problema.

Separando el pensar y el sentir. Tenemos muchas formas de hacerlo, algunas más explícitas que otras, pero lo fundamental será el modo en que interactuemos. La mejor forma de demostrarle que captamos su estado emocional será comunicarnos con él utilizando las palabras, el tono y los gestos adecuados a la situación que nos esté describiendo y a las emociones que esté sintiendo.

La empatía es enemiga de los juicios. No se basa en la razón, sino en la emoción. La vía de la empatía no contempla jamás la crítica, y precisa de la completa aceptación del otro en el momento psicológico en que se encuentre, sin prejuicio alguno, y dejando de lado nuestra opinión.

Hay quien construye verdaderas tesis escuchando a los demás. Quien busca constantemente las contradicciones y disfruta “pillando en falso” al otro. Y quien aprovecha la ocasión para aleccionar a los demás haciendo gala de principios éticos y comportamientos ejemplares. Todo ello está muy lejos de la escucha empática.

A través de la empatía no emitimos ninguna opinión. Nos limitamos a expresar al otro que captamos su sentimiento en toda su intensidad.

Cazadores al acecho. Hay gente que va por la vida con un gran gancho, mirando cómo engancharnos a la mínima. Quieren que nos impliquemos en sus problemas, en sus emociones, quieren que sintamos lo que sienten, que lo vivamos con ellos. Que les demos la razón y la aprobación de sus conductas. Si caemos en ello, estaremos siempre enganchados. Acudirán a nosotros sin tregua, generándose relaciones de dependencia. Seremos víctimas de una relación tóxica, que a nosotros nos resultará agotadora y a los demás los perpetuará en su falta de crecimiento.

Si les queremos ayudar de verdad, debemos abstenernos de caer en sus garras. Debemos evitar la implicación emocional y guardarnos muy mucho de darles sistemáticamente la razón. Lo que más les ayudará -aunque ellos busquen desesperadamente nuestra implicación- es que estemos emocionalmente a su lado, escuchándolos y comprendiéndolos, pero sin manifestar nuestra opinión.

Cuando nosotros necesitamos ayuda. Muchas veces seremos nosotros los que buscaremos a alguien a quien contar nuestros problemas. Cuando lo hagamos, no busquemos a quien resuelva o a quien sufra con nosotros el conflicto. Busquemos a quien nos pueda hacer de espejo, reflejándonos fielmente lo que sentimos. Quien nos deje expresarnos sin restricciones, ayudándonos así a que encontremos nosotros mismos las soluciones. Si no, los conflictos no nos ayudarán a crecer.

Habilidades para practicar la empatía

1. Escuchar. Lo que nos dicen y, sobre todo, lo que no nos dicen. Escuchar con los ojos.

2. Aceptar al otro. Sin juicios ni críticas.

3. Concretar. Preguntar por ejemplos concretos. No caer en generalidades.

4. Confrontar. Desenmascarar incongruencias. Facilitar la autocomprensión del otro.

5. Mantener la proximidad. Tener consciencia del momento presente. Captar las señales no verbales.

 

ARTÍCULO DE EL PAÍS SEMANAL

Pendientes de la aprobación social

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Suele ser común escuchar decir a la gente que los demás no les importan. Que se rigen por sus propios criterios, que cada uno es como es y que nadie les impide hacer lo que desean hacer. No obstante, como observador de la conducta humana, creo que eso es lo que quieren creer, y lo que quieren que los demás crean de ellas. En realidad, lo dicen justamente porque los tienen en cuenta.

Nadie existe sin entrelazar su vida. Nadie vive completamente por sí mismo aunque viva aislado. En nuestras mentes están los demás, están los fenómenos que nos envuelven, están los recuerdos y las proyecciones, está lo cercano y está lo trascendente. Todo es inter-ser, como diría el maestro zen Thich Nhat Hanh. La existencia se basa en la interrelación de todo lo que habita en ella. Por eso somos seres entrelazados. Vivamos solos o en comunidad, el otro está ahí siempre presente.

Aceptar nuestra vulnerabilidad en lugar de tratar de ocultarla es la mejor manera de adaptarse a la realidad”

(David Viscott)

La alteridad se expresa en dos formatos: El otro como ajeno (alius) o el otro como misterio (alter). El primero crea incomodidad, inquieta o puede llegar a ser un estorbo. El segundo libera del egocentrismo, abraza la curiosidad de descubrir a una persona y encontrarnos a la vez a nosotros mismos. Sin embargo, la presencia de ese individuo, o del grupo, la tribu, la familia, la comunidad, la sociedad, se convierte en un difícil ejercicio entre ser uno mismo y serlo con los demás.

El jesuita Javier Melloni expresa los tres tiempos de la alteridad, que consisten en el tránsito entre el “estar en casa”, el “salir de casa” (o el encuentro con el desconocido que brinda la oportunidad de engrandecernos a través del diálogo) y el “regreso a casa” (el que vuelve ya no es el que se fue). Cada encuentro es trasformativo, impacta en nuestra sensibilidad, mente y corazón. Puede ocurrir también que sea un desencuentro, un desengaño, un aprendizaje que condicione el futuro de nuestras relaciones.

Al hacernos con los demás tendemos a tres conductas defensivas ante el miedo a no encajar o, por el contrario, ante el temor a quedar diluidos entre los prejuicios sociales y los intereses ajenos. O bien nos adaptamos en exceso, o nos rebelamos ante todo, o quedamos encerrados en nuestro cascarón procurando no molestar al mundo ni que el mundo nos moleste. Son intentos fallidos de una adaptación natural, es decir, la que mantiene un sano equilibrio entre vivir y dejar vivir. Entre ser uno mismo sin dejar de serlo ante los demás y, a la vez, reconociendo a los demás en lo que son.

De estas tres formas reactivas, la persona que tiende a adaptarse con desmesura a los demás, a las normas, a las exigencias del contexto, a lo conveniente, es la que busca afanosamente su aprobación, la que mantiene la expectativa de sentirse aceptada, reconocida, perteneciente, amada incluso. Es su compensación por tanta entrega. El precio a pagar, sin embargo, acaba siendo la desconexión consigo misma, los desengaños de los demás y cargarse de obligaciones.

Las personas que buscan aprobación viven divididas entre sus intereses y los ajenos. Les sabe mal decir que no. Se obligan a ser complacientes o al menos cumplidoras, dignas de confianza, meticulosas y eficientes. Temen el error o los juicios equivocados y valoran en exceso los aspectos de sí mismas que se relacionan con la disciplina, la perfección y la lealtad.

Es un malvivir entre el deseo propio y la culpa de sentir impulsos prohibidos. La necesidad de ser y la rabia por no permitírselo (tendría que haber dicho, tendría que haber hecho). El resultado final de todo este desaguisado tiene tres aspectos a considerar. El primero es un estado profundo de tristeza y de agresión a sí mismas. Se autoculpan y a la vez se apenan de ser como son por su propia rigidez. Esa vida interior se oculta por vergüenza, mostrando hacia fuera un aspecto de “todo está bien”. La mayoría de sus sentimientos están bajo control.

El segundo aspecto es la dificultad de la persona en definirse por sí misma. Acostumbrada a tener tan en cuenta a los demás, desatiende sus propias necesidades al extremo que desconoce lo que realmente la complace. La desconexión interior que sufre la desarma emocionalmente. Lo vive todo para lograr una buena opinión de los demás, se da forma solo a través de normas, programaciones de tiempo y jerarquías. Su obstinación y su indecisión ante cambios inesperados las adentra en una personalidad obsesiva.

En esta vida, la primera obligación es  ser totalmente artificial. La segunda todavía nadie la ha encontrado”

(Oscar Wilde)

El tercer aspecto tiene que ver con el paso del tiempo. Si no han logrado reconectarse y atender sus propias necesidades, llegará un día en el que van a preferir estar solas, aisladas, ocupadas de sí mismas, pero a escondidas, porque la mera presencia de los demás, incluso de su propia familia, las obliga. Se han acostumbrado tanto a cumplimentar que ya no saben hacer otra cosa. Por eso prefieren cierta soledad, para no sentirse obligadas. Ante la presencia de los demás no saben hacer otra cosa que interesarse por sus necesidades y atenderlas si es posible. No han aprendido a afirmarse a sí mismas, a poner límites, a defender sus intereses, a mostrarse flexibles y a romper algunas reglas. Lo resuelven desapareciendo.

Superar la aprobación social, al igual que cualquier aspecto disfuncional de nuestra vida, pasa por el autoconocimiento y el proceso de hacerse individuo, de devenir uno, indivisible, íntegro en lugar de disociado y fragmentado. Se conoce que muchas personas adaptativas en exceso han sido coaccionadas e intimidadas, fundamentalmente en la familia, para aceptar las demandas y los juicios impuestos por los demás. Sus formas de actuar, prudentes, controladas y perfeccionistas, derivan de un conflicto entre la hostilidad hacia los demás y el miedo a la desaprobación social. La forma en la que resuelven el conflicto consiste en suprimir su resentimiento, manifestando un conformismo excesivo y exigiéndose mucho a sí mismas y también a los demás.

¿Qué hacer entonces con toda esa ira, ese resentimiento acumulado? Ahí es donde reside el éxito del proceso de hacerse indivisible, es decir, en la capacidad de integrar esas partes ocultas. Es un trabajo constante de aprender a afirmarse sin necesidad de mostrarse, ni reactivamente, ni con complacencia. Aprender a no cargarse de obligaciones innecesarias, solo por el qué dirán, o por quedar bien, o porque sabe mal. Aprender a ser más flexibles, a definirse por sus propios gustos y necesidades, más que por hacerlo todo “pluscuamperfecto”.

Solo aquello que uno ya es tiene poder curativo”

(Jung)

No obstante, el aprendizaje más difícil de todos será contactar con esas sombras emocionales tan temidas. Hay que desvelar las creencias y los miedos ocultos que las sostienen. Sin entrar ahí, difícilmente podrá haber integración. Muchas personas creen que si sueltan la rabia, el resentimiento o la ira, provocarán una avalancha sobre los demás de consecuencias indescriptibles. Se trata de un temor infundado porque en realidad ocurre todo lo contrario: la persona queda liberada. Desahogar las emociones forma parte de tenerlas.

En cambio, lo inhumano es tragárselas, dejar que se conviertan en tóxicas o expulsarlas agrediendo a los demás. Toda emoción trae consigo información sobre nosotros y sobre el medio. No la podemos desaprovechar. Otra cosa es cómo la gestionamos, cómo la comunicamos asertivamente. Cuando somos capaces de hacerlo así, se produce un milagro: allá donde creíamos que nos despreciarían, nace el respeto y la dignidad.

ARTÍCULO DE ‘EL PAÍS SEMANAL’

¿Cómo es tu jefe?

La mayoría de las personas que trabajamos tenemos un jefe o una jefa. Los hay muy diferentes: más serios, menos serios, rígidos, permisivos… Hay muchos tipos de jefe, ¿cómo es el tuyo?

Silvia Lacruz, directora de SLC Coaching interviene en el programa ‘Sin ir más lejos’ de Aragón Televisión para analizar los distintos tipos de jefe.